Juan Ignacio Luengo

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Director de operaciones en ACR grupo
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Las ciudades siempre han sido núcleo y origen de desarrollo: económico, social, cultural… Nacieron como asentamientos capaces de sostener a un elevado número de pobladores, garantizar su abastecimiento, seguridad y la organización y el reparto de los recursos. A mitad del siglo XXI están abocadas a cumplir esa misma función y recuperar su esencia, con el mismo objetivo, aunque con connotaciones bien distintas.

Los pronósticos de la ONU y la OCDE son muy claros: en el año 2050, habitarán la Tierra 9.100 millones de personas y un 70% de ellas, al menos, vivirá en núcleos urbanos; es decir, los 4.000 millones de urbanitas actuales pasarán a ser 6.370 (hace 20 años eran 2.300 millones). La concentración de la población supondrá el desarrollo y la expansión de muchas ciudades, pero las grandes urbes del planeta, Tokio, Londres, Nueva York, Paris, Hong Kong, San Francisco, México DF, Delhi… seguirán aglutinando a cada vez más habitantes.

Este crecimiento demográfico trae aparejados nuevos problemas que suponen un reto de organización para todos porque vendrá acompañado de unas necesidades crecientes de consumo energético, de una mayor generación de contaminación, de residuos y una demanda de servicios de transporte y abastecimiento no conocidas hasta el momento.

Las ciudades tienen que responder a estos retos con una nueva manera de gestionar los recursos y de buscar su sostenibilidad; un concepto que debe abarcar muchos ámbitos: social, económico y medioambiental. Las tecnologías de la información y las comunicaciones existentes facilitan esa transformación que requieren las grandes poblaciones, pero es un reto en el que estamos implicados todos: ciudadanos, empresas y administraciones.

La tecnología, crucial

¿Cómo se están preparando las ciudades para la frontera del 2050? Las grandes urbes de todo el planeta están ya dando pasos muy rápidos y han abordado distintos proyectos innovadores que les permitan, no solo mejorar la eficiencia de sus infraestructuras sino prepararse para crecer y cambiar en la medida en que lo hagan las necesidades de su población.

El Internet de las cosas (IoT), que permite conectar el mundo físico en todo tipo de aparatos y dispositivos, combinado con un exahustivo análisis de Big Data abre la posibilidad de recopilar todo tipo de datos, en tiempo real, sobre el funcionamiento de una ciudad y de analizarlos para que los gestores puedan tomar mejores decisiones. Sólo hace falta aplicar inteligencia sobre la información, para extraer datos relevantes, y voluntad de convertirlos en mejoras para la mayoría de la población, siempre dentro del uso sostenible de los recursos. En muchos casos ya se está pasando de la teoría a la práctica consiguiendo para la ciudadanía beneficios de políticas públicas en mejoras en movilidad, en la gestión de los residuos o del agua, reducción del consumo energético, bajada de los niveles de contaminación, etc.

Hay algunos ejemplos punteros que marcan la tendencia en el ámbito de las Smart cities en todo el mundo como:

Tokio, donde el despliegue de tecnología NFC (Near Field Communication) en medios de transporte público como el metro o en superficies comerciales permite realizar el pago de productos o servicios con el teléfono móvil.

Ámsterdam: entre las muchas iniciativas smart que ha puesto en marcha esta capital europea, destaca el proyecto de “luz inteligente”, un alumbrado público que permite ajustar la iluminación en función de la situación o necesidad del lugar, adaptar la intensidad según el clima o cambiar su color. Las farolas, además, consumen menos energía que las convencionales.

Singapur: tiene desplegada una inmensa red de sensores conectados a Internet que recopilan datos en tiempo real para detectar el riesgo de inundación de los desagües, evitar atascos, ofrecer información sobre el transporte público, analizar la calidad del aire, encontrar un parking libre, etc…

Santiago de Chile: ha puesto en marcha el primer prototipo de ciudad inteligente en el Parque de Negocios Ciudad Empresarial, desde donde integra múltiples innovaciones tecnológicas como pantallas informativas, vehículos electrónicos, wifi público, controles de iluminación o edificios domóticos.
En España también se ha puesto en marcha una iniciativa única en el mundo. Dotada con un presupuesto de 200 millones de euros, la Red de Ciudades Inteligentes creada por el Estado engloba a cerca de 80 municipios y está ayudando a difundir mejores prácticas, conocer nuevas políticas de éxito y a impulsar una digitalización “ecointeligente” que está situando a nuestro país entre los más avanzados en este terreno de las smart cities. Barcelona, Madrid, Málaga, Santander, Valencia, Bilbao, Sevilla o A Coruña cuentan ya con proyectos punteros en este sentido. Y nuestra tasa de penetración de móviles, una de las más altas del planeta, colaborará para que las iniciativas que se están poniendo en marcha surtan efecto.

Hacia el consumo cero en energía

Si vivimos el siglo de las ciudades como plataformas para que las personas vivan y trabajen y las empresas desarrollen su actividad, el sector de la construcción tiene mucho que aportar en este objetivo de hacerlas sostenibles y eficientes. Las ciudades son grandes centros de consumo de recursos. Se estima que en la actualidad son responsables del 75% del gasto de energía mundial y generan el 80% de los gases responsables del efecto invernadero.

Ese consumo proviene de las infraestructuras, los transportes, las calles y los edificios. Centros de trabajo, de producción, de comercio, viviendas… requieren un nuevo modelo de construcción con elementos arquitectónicos de vanguardia y donde las infraestructuras están dotadas de soluciones tecnológicas avanzadas para facilitar la interacción del ciudadano, haciendo su vida más fácil.
En este nuevo entorno debemos construir bajo premisas de sostenibilidad y crear edificios tendentes a un consumo cero de energía. ¿Cómo se consigue?

Edificios autosostenibles, capaces de autoabastecerse utilizando los recursos del área en la que están; el uso de la energía solar o la masa térmica y un estudio bioclimático de la zona permiten crear un sistema en el que la calefacción y refrigeración se alimenten de la energía que absorben sin consumir recursos adicionales.

Los materiales juegan un papel fundamental en este proceso: la tendencia a construir de la forma más barata posible cambia hacia un modelo en el que se proyecta el uso y el comportamiento de cada edificio en el futuro incluyendo los sistemas necesarios para aislar, aprovechar el sol, contabilizar el consumo de electrodomésticos, etc.

El diseño estudia detalles fundamentales como la colocación de ventanas, distribución de espacios, orientación, iluminación natural, etc. para minimizar la necesidad de recurrir a fuentes energéticas.

Japón es el país más avanzado en este sentido, con 36.000 edificios de consumo cero. Y en España ya estamos construyendo con esta tendencia. Ahora bien, no podemos olvidar que no se trata de rehacer las grandes urbes sino de ir reconvirtiéndolas en las ciudades sostenibles que requiere nuestro desarrollo y eso confiere un protagonismo esencial a la rehabilitación.
España tiene 1,6 millones de edificios por rehabilitar energéticamente y, según los datos que maneja el Ciemat, más del 30% de la energía que consumimos viene derivada de la edificación. Por tanto, necesitamos aplicar este mismo concepto a todos los trabajos de mejora de los edificios ya existentes.

Este es el ejemplo de la iniciativa que acabamos de poner en marcha este mes en el barrio de Orvina de Pamplona donde, en un proyecto promovido por la Unión Europea y el Gobierno de Navarra, vamos a acometer la rehabilitación de once torres con 340 viviendas para dotarlas de una calificación energética de hasta tres niveles por encima del actual. Fachada, aislamiento, carpintería… son muchos los elementos que pueden y deben formar parte de todas las actuaciones de mejora y mantenimiento que necesitan nuestras infraestructuras. Primero, porque no podemos borrar y crear desde cero las ciudades; pero, en segundo lugar, porque el compromiso para adaptar nuestra sociedad y avanzar hacia las exigencias que nos plantea nuestro futuro social y económico debe ser un compromiso general que nos involucre a todos.

Juan Ignacio Luengo,
Director de Operaciones. ACR Grupo

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