Hoy en día asistimos a una proliferación de artículos, libros, cursos y prácticas relacionadas con el coaching, así como de personas que se definen como “coach”. Una de las razones de este auge está en su utilidad y éxito contrastado. Muchas personas, grupos y organizaciones se están beneficiando de sus buenas prácticas.
Pero, ¿qué es coaching? Una definición ampliamente consensuada lo define como un proceso en un periodo de tiempo determinado, que tiene lugar entre dos personas (coach y coachee) o entre una persona y un equipo (coaching grupal). En dicho proceso, se suceden una serie de conversaciones en las que el coach utiliza una metodología determinada, que facilita al coachee explorar sus propias creencias, valores, fortalezas y limitaciones. Como resultado de esa reflexión, el coachee es capaz de tomar determinadas decisiones, de comprometerse en un proceso de cambio y aprendizaje, y de movilizarse en una determinada dirección, desplegando todo su potencial, hasta conseguir los resultados esperados.
El atractivo de la metodología, tanto para las personas que acuden a utilizar sus servicios, como para las personas que se sienten interesadas en trabajar como coach, está generando una diversificación del espectro de la oferta de lo más variopinto. Parece que el coaching fuera lo suficientemente indefinido como para permitir combinarlo con otros intereses que llamen la atención de clientela potencial. Así podemos encontrar el coaching gastronómico, de seducción, para adelgazar o tántrico, por poner algunos ejemplos… De este modo, su valiosa esencia se difumina entre la amalgama de “denominaciones” que fomentan confusión o que lo desvalorizan por el abuso de su uso.
CATEGORÍA: Opinión
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