Salud mental y empresa

Todos tenemos una buena o mala salud mental, de la misma forma que tenemos una buena o mala salud física. Y esa buena o mala salud nos acompaña en todo momento, y afecta por supuesto a todo cuanto hacemos y experimentamos. Ahora bien, si aceptamos que un adulto pasa aproximadamente un tercio de su vida trabajando, debemos aceptar también que nuestra salud va a influir necesariamente en numerosos aspectos relacionados con nuestro trabajo y viceversa.

En general, se acepta que el trabajo es bueno para la salud, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS). Y no solo porque es una fuente de ingresos. Uno de los hallazgos mejor establecidos por los estudios realizados en torno a la última Gran Recesión de 2008 es el efecto negativo del desempleo sobre la salud mental. Las crisis económicas del último siglo se acompañan de peor salud general, por el aumento del paro y de la pobreza, y por el incremento de la desigualdad social. Paradójicamente, las crisis económicas no aumentan la mortalidad en general, pero sí son más frecuentes las muertes por suicidio. El desempleo se asocia a suicidio, especialmente en las sociedades con peores sistemas de protección social, una tendencia más acusada en varones, en los que la autoestima y la socialización están más vinculadas al trabajo.

Pero si el trabajo es bueno para la salud, está claro que las condiciones de trabajo no siempre facilitan una buena salud física o mental. A veces la empeoran, o al menos no son favorables a que los trastornos se resuelvan favorablemente, lo que tiene consecuencias muy costosas en términos económicos, un lenguaje que el mundo empresarial comprende perfectamente.

Si quieres leer el artículo completo del Dr. Manuel Martín, director médico de los centros de Hermanas Hospitalarias en Navarra, accede a la revista número 313 especial sector salud en Navarra.